El Prado inadvertido

El Prado inadvertido

EDITORIAL: ANAGRAMA
EAN: 9788433964922
IDIOMA: CASTELLANO
Nº páginas : 304
 

Los historiadores del arte cuentan con un término para referirse a los cambios en el reconocimiento artístico de algunas obras según sus contextos socioculturales: la «fortuna crítica», algo aparentemente simple pero conceptualmente complejo que abarca nuestras formas de mirar, nuestros valores y gustos o el modo en que interpretamos una obra.

En El Prado inadvertido, un texto que evoca paseos por el Museo del Prado y reflexiona sobre las transformaciones necesarias en los modos de ver, y que bascula entre el libro de viajes, el ensayo artístico y la memoria, la crítica y ensayista Estrella de Diego recurre a dos ilustrativos casos para ejemplificar la «fortuna crítica». Por un lado, el de Las señoritas de Aviñón, cuadro de Pablo Picasso que estuvo de cara a la pared en el estudio del pintor hasta 1924 –fue pintado en 1907–. No fue hasta que el coleccionista Jacques Doucet lo rescató, a instancias de André Breton, que el cuadro comenzó a adquirir cierto reconocimiento para acabar convirtiéndose en la obra que «ha dibujado el relato del MoMA y de la imaginación moderna occidental en casi todos nosotros», al margen –o no tanto– de las polémicas que ha ido suscitando a lo largo de la historia por la representación que hace de la otredad (Picasso pintó a las famosas señoritas fragmentadas basándose en las máscaras africanas que vio en el Museo del Trocadero).

El otro ejemplo que describe de Diego es el de Las meninas, pieza central de la colección del Museo del Prado, pintada por Diego Velázquez en 1656. En un principio, el cuadro, que incluye entre los personajes retratados al propio pintor, fue concebido para ser ubicado en un lugar al que tenían acceso solamente «nobles, diplomáticos o miembros de la realeza; personas, en suma, con la formación necesaria para saber interpretar en su justa medida la supuesta arrogancia de un simple pintor de corte –¡retratarse en el mismo lienzo que los reyes, incluso emborronados sobre el espejo!». No fue hasta 1899, año en que el museo trasladó la obra a una ubicación especial que mantuvo hasta 1978, cuando el cuadro obtuvo una posición de prestigio dentro de la obra de Velázquez y del propio museo: se exponía en una sala aparte, un sanctasanctórum que lo separaba del resto de piezas, confiriéndole así la importancia que ha acabado teniendo.

Estrella de Diego dice: «Los «grandes cuadros» de los «grandes maestros» no son, ni mucho menos, nociones fijas o estables como el relato impuesto ha querido dar a entender. Los cuadros, igual que todo en la vida, imagino, se transforman con el paso de los años y de las miradas; hasta con las narrativas escritas por las propias instituciones que los albergan, cuando los cambian de sala o barajan a los autores, creando conversaciones sorprendentes.» Con estos paseos a través del museo –y también de sus propias vivencias–, de Diego nos invita a revisar y revisitar las grandes obras, los discursos aprendidos, a remirar y repensar aquello que nos parece obvio y permanente: «Las obras tienen una vida extendida que se define y redefine con el paso de los años; que se revela a través de las capas conformadas por las sucesivas miradas. Si los modos de mirar cambian, ¿cómo no van a cambiar los modos de ver?»

«Nada es estable. Lo estable se establece», concluye la autora.

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